Hay almas perdidas, personas que no saben que rumbo coger, que no tienen nada por lo que seguir adelante. Yo soy una de esas personas.
Mi vida no tiene sentido para mi desde hace dos años, lo único que me hace levantarme cada mañana es el sentimiento de venganza que corre por mis venas. Macabro pero cierto. Una rutina diaria, una monotonía cansina que cada día me hace desesperar más, pero esa es mi vida, es lo que soy.
Me levanté como de costumbre a las cuatro de la tarde entre aquellas cuatro paredes, que más que paredes para mi eran rejas, las rejas de una maldita cárcel que no me dejaba respirar. Un colchón era lo único que aquel cuchitril tenía como mobiliario, no se necesitaba más para que una simple habitación mugrienta se convirtiera en dormitorio. Me incorporé despacio, sintiendo como un escalofrío recorría toda mi columna vertebral. Odiaba ese escalofrío de cada mañana al despertar, me ponía de mal humor.
Pasé mi mano por el suelo de la maqueta, buscando con los dedos el ipod. Lo agarré, y pegué un salto para levantarme. Lo encendí y me coloqué los auriculares, busqué el albúm "Decadente Mañana" y le di al play. Empezó a sonar la canción de Bad Day de Daniel Powter , me mordí el labio sonriendo sin poder evitarlo. Hoy era una de esas mañanas...
No tardé más de media hora en tomarme un asqueroso café aguado que ni siquiera me hizo efecto y vestirme con lo primero que encontré en la pila de ropa que escondía debajo una silla. Cogí las llaves de la Harley, y salí del piso. Por el pasillo un olor a podrido recorrió mis fosas nasales haciendome fruncir el ceño.
- Joder...- murmuré a regañadientes.
La limpieza no era uno de los fuertes de aquel lugar, de un barrio alejado de la mano de Dios en Paris no se podía pedir demasiado. No es que no tuviera suficiente dinero como para buscarme algo mejor, pero no necesitaba nada más. Y era mejor pasar desapercibida en mi posición. Era lo que había hecho durante largos años, esconderme de la multitud.
Bajé hasta el garaje; tenía una exquisita decoración musgosa, en las esquinas telarañas tan espesas que se podrían hacer bufandas con ellas, y un sútil olor a orina que impregnaba los pocos metros cuadrados de garaje. Asqueroso a primera vista, con el tiempo te acostumbras, como con todo. Me coloqué el caso echándome el pelo hacia atrás, me subí en la moto y arranqué. Hora de ir al trabajo, si se le podía llamar así.
Tras quince minutos de viaje entre callejuelas llenas de charcos, llegué a las afueras de la zona donde residía. Allí estaban todas las fábricas abandonadas que en antaño, fueron más que prolíferas. En todas y cada una de ellas había algún que otro okupa. Por esa zona había que tener cuidado, la probabilidad de que te asaltaran era de una proporción más que considerable. Aparqué delante de un edificio a la vista abandonado. Miré hacia ambos lados de la calle para que nadie me siguiera, una costumbre que tenía. Me acerqué a la puerta, y esta se abrió al instante, cerrando tras de mi.
Lo que parecía un edificio en ruinas a punto de derrumbarse, por dentro estaba todo reconstruido. La estructura estaba hecha de acero, así como la fachada y las numerosas vigas que aguantaba el edificio. Era una fábrica reformada con un toque metálico que me gustaba bastante, seguramente sería debido a que era mi hermana Sam quien lo decoró. El hall era grande y tortuoso, había demasiados pasillos que no llevaban a ningún lado. Las escaleras de crital llevaban al piso de arriba, donde estaba el despacho de Sam y todo lo demás destinado al relax. La escalera de abajo llevaba al sótano, donde estaba la zona de entrenamiento, así como todas las armas de artillería.
Subí sin rodeos las escaleras, y llegué a un pequeño pasillo desierto si ningún objeto decorativo. Abrí la primera puerta a la derecha, levanté la vista y vi la placa que decía: Despacho de Samatha Hallow.
- La puntualidad nunca ha sido ni será lo tuyo Elizabeth...
Sonreí al oír su rasgada voz ronca.
- Lo sabes bien.
El despacho estaba como de costumbre, todo desordenado, las estanterías rebosando de libros de los cuales la mayoría no servían para absolutamente nada, el suelo lleno de papeles de todos los colores, la mesa se escondía detrás de un enorme ordenador y de millones de posits. Miré todo el cuarto y me crucé de brazos mirándola atentamente. Hoy se había alisado su larga melena castaña, le resaltaba sus preciosos ojos verdes esmeralda.
- Nunca sabrás el significado de la palabra ordenar. - me senté en la silla riendo, quedando frente a ella.- ¿Qué tenemos hoy?
Alzó una ceja e hizo amago de contestar, pero se contuvo. Abrió uno de los cajones del escritorio y me pasó una carpeta marrón mientras me miraba con un atisbo de preocupación.
- Se llama Aaron, tendrá unos 24 años de apariencia, pelo corto moreno, metro ochenta, de complexión fuerte...- dijo Sam.
- Y... exáctamente, ¿qué es? pregunté mirándola de reojo mientras miraba la carpeta donde se hallaba toda la información sobre aquel individuo.
- Vampiro sin lugar a dudas.- dijo mientras se acomodaba en el sillón, yo hice lo mismo. - Sé que es una de tus preferencias.
- Solo hay un vampiro que puede ser mi preferencia, y ya sabes de quien se trata. - dije seria mirándola a los ojos.
Empecé como la sangre empezaba a hervirme solo de pensar en él. Odiaba a ese jodido vampiro, cada vez que lo tenía a mano se me escapaba. Él era el responsable de todo, de estos dos años de mierda. Noté como la mirada de Sam se clavaba sobre mi. Intenté apartar todos aquellos pensamientos de mi cabeza, tragué saliva y la miré intentando parecer indiferente.
- No hay problema, yo me encargo de este chupa-sangre. - dije mientras cerraba la carpeta.
Sam asintió no muy convencida ante mis palabras. Me conocía perfectamente, y sabía que no estaba demasiado bien estos últimos días. Se acercaba la fecha...
- Esta vez vas a tener compañía... - murmuró mientras apoyaba los codos sobre el escritorio.
- ¿Cassie?- ella negó. - ¿Entonces?
- Su nombre es Carter... es un licántropo...
Por la cara que puso Sam, mi cara debería de ser todo un poema. Odiaba trabajar con monstruos, fueran lo que fueran todos eran iguales. Cerré los puños para intentar relajarme.
El sonido de la puerta, hizo que mi lucha interna pasara a un segundo plano. Me giré instintivamente, mientras la puerta se abría a cámara lenta. Apareció un joven de casi dos metros de altura, moreno con barba de varios días... Me quedé embobada mirándolo de arriba a abajo.
- Effy... - empezó a decir Sam.- Este es Carter.
Noté como una sonrisa se dibujaba en mi cara y no podía evitarlo. Carter fijó su mirada en mi, y sonrió.
- Un placer...
Parecía ser... que esta vez no me iba a importar trabajar con un lobo, y mucho menos con aquel.
Me encanta!!!
ResponderEliminarEscribes muy bien!!Nunca lo dejes:) Seguro que llegarás muy lejos ;):)
Un abrazo muy fuerte!!!